Los códices del apátrida, libro de cuentos
Libros

Los códices del apátrida

Andrés Perton


PRÓLOGO

   Los códices del apátrida es un libro de cuentos en los que el autor aborda temas que  siempre lo han obsesionado: la historicidad de algunos personajes, la identidad de otros o quiénes fueron los verdaderos autores de las obras atribuidas a Homero, Shakespeare o Moliere, por ejemplo; el mundo del arte, el de los anticuarios; la cultura judía; las situaciones extrañas, inesperadas, que a veces desembocan en crímenes; la burocracia; la soledad y la incomunicación; el universo de los libros, sus plagios, el anidamiento que se puede dar entre ellos, de libros dentro de libros, como en el cuento que le da el título a esta obra. Según los miembros del jurado, que por unanimidad declararon Los códices del apátrida como Premio Nacional de Libro de cuentos de la Universidad Central 2013, tres de estos relatos merecían estar en una antología del género. Para esta edición se les ha cambiado un poco los títulos: El fantasma o el enigma Sánchez Cerro, La última visita, El filólogo o el extranjero. A los que el autor, para una antología, agregaría La versión del autor apócrifo y Los códices del apátrida

A. P.





El laberinto de la muerte

A Mildred Fernanda

Era una mujer sombría como los cuadros de la exposición. Su perfume, denso, penetrante, nos envolvía en su niebla. De negro de pies a cabeza, que resaltaba su tez pálida, con los ojos ocultos tras unas gafas oscuras cuando entró al salón, parecía venir de un sepelio.

Se unió al grupo frente a  Tristeza in blue, color del que hablaba el guía, bastante joven y quien trabajaba al alimón con un par de eruditos. Su rostro, el de la mujer, que sin lentes dejaba ver unos ojos amarillos como de gata, no acusaba la más leve emoción (ni siquiera por el marco, lo mejor del cuadro, según un crítico); aunque por momentos parecía interesarse en determinados detalles: el lunar, la alianza de la mujer, el bibelot de la consola, mientras era ajena a las explicaciones del guía.

Éste, que ya se alejaba, ya se acercaba a los cuadros, según quisiera que se apreciara el conjunto o el detalle, decía que era el color de más difícil manejo. Pues es tan activo que se dilata, invade los colores vecinos, dándole un tono violáceo al rojo, verbigracia, mientras verdea al amarillo, razón por la que debía disminuirse para mantener el equilibrio con los otros, como bien sabían los pintores de la Edad  Media. Y Reynolds en edades más recientes, agregaba uno de los eruditos, pintor según el cual sólo podía utilizarse de manera limitada en un retrato; aunque Gainsborough, por esa rivalidad fecunda que se dio entre ellos, lo refutó de forma soberbia con El muchacho azul. Pero como pueden ver, continuaba el cicerone, es un color que no se ve en el cuadro; de modo que el título hay que tomarlo más bien como un scherzo, muy típico del pintor, que muchas veces nominaba sus cuadros no para informar, sino para desorientar. 

Mientras que frente al siguiente cuadro señalaba que hay pintores que ya por un estilo, ya por unos temas, tienen un trazo tan personal, que se reconocen de inmediato. Así,  para citar algunos obvios: El Greco y sus figuras alargadas, Modigliani y sus mujeres lánguidas, Degas y sus bailarinas, Gauguin y sus aborígenes polinésicas, Toulouse-Lautrec y sus escenas de cabaret, Balthus y sus nínfulas. Esto como preámbulo para apuntar que Matiz era inconfundible por sus cuerpos deformes, desmembrados, cercenados, como presas de anatomista. O mejor, de matarife, corrigieron al unísono los eruditos, antes de observar que otro rasgo típico de Matiz era a veces la repetición hasta el vértigo de un motivo, como si obligara a rever para ver, no con los ojos, que revierten en la superficie, sino con el alma, que la traspasa, así como en su parodia a los Durmientes de Tooker.   

Este rasgo se apreciaba, precisamente, dos lienzos adelante, en el tríptico Sexus. Que mostraba en el primer panel, sobre un raso negro, montes de Venus, alegres, tristes, púdicos, lúbricos, oscuros, rosados sexos femeninos. En palabras de los eruditos, pasividad, inefables polos magnéticos; soles en torno a los cuales gravita el mundo, cuya luz flamígera enciende la sangre, arrebata el juicio; surcos de los cuales brota la vida. A la mujer, la única en el grupo, en cambio, cual si se sintiera invadida en su intimidad, como si fuera la suya la expuesta y ofrecida por docenas a la voracidad de la mirada del hombre, parecían producirle cierta incomodidad. En el tercer panel, el turno para los falos en los cuales los eruditos veían sátiros,…





ACERCA DEL AUTOR: ANDRÉS PERTON

Andrés Perton, escritor Colombiano
Andrés Perton

Nace en Aquitania el 16 de Marzo de 1961. Ingresa a la Universidad Nacional a estudiar Ingeniería de Sistemas, carrera que abandona para dedicarse a la literatura. Con los relatos Y pensar que no sabe que se va a morir, La Infracción, El informe fénix es finalistas en los concursos nacionales ‘Prensa Nueva’ “Municipio de Samaná’ y ‘Ciudad de Barrancabermeja’. Su relato La Presencia es incluido en la antología de cuentos Veinte asedios al amor y a la muerte del Ministerio de Cultura. Con el cuento La secta del libro gana el tercer puesto en la novena versión del ‘Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores’. En el mismo concurso, al año siguiente, recibe una mención por el relato ‘La novela apócrifa de Nezval‘. En el año 2001, en el Concurso Nacional de Cuento del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá’ es finalista con el libro de cuentos Los rollos del desertor. En el mismo año, con la obra En busca de la Arcadia, es tercer finalista en el Concurso Nacional de Cuento del Ministerio de Cultura. En el 2013, con la obra Los códices del apátrida, gana el Premio Nacional de Libro de Cuentos de la Universidad Central.

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